Comer tiburones pica dientes de orcas.

Ahora un tipo de ballena asesina o la orca, se ha encontrado para cenar  un plato poco común: Tiburón.

Pero estos cambios en la dieta de las ballenas asesinas del noreste del Pacífico pasan a pagar un alto precio por su preferencia de piel dura, sus dientes se desgastan.


La preferencia de las orcas para alimentarse de tiburones desgasta sus dientes derechos de tal forma que deja al descubierto sus encías poniendo en peligro su sobrevivencia para alimentarse en un futuro, aseguró la revista Nature
en un artículo.

Aunque podría pensarse que atacar a un tiburón es riesgoso para estos cetáceos incluso es más sencillo que cazar otro animal, reveló el estudio del biólogo John Ford de la Estación Biológica del Pacífico en Nanaimo en Columbia Británica.

“El cráneo de un lobo marino de Steller es similar al de los osos grizzly. Atacar a uno de ellos es probablemente más peligroso que atacar a un tiburón-cama de 2 metros de largo”, dijo Ford.

Las consecuencias en los dientes de las orcas se agrava para el grupo ya que posiblemente los miembros más jóvenes sean los encargados de hacer el trabajo más pesado.

“Las más viejas probablemente sólo mastiquen el hígado. O puede que conforme envejecen cambien a una dieta blanda, como sucede con loshumanos”, dijo Robin Baird, miembro del Colectivo de Investigación Cascadia en Olympia, Washington.

Este estudio ayudará además a detallar cómo la diferencia en las dietas de los tres tipos de ballenas asesinas que habitan el Océano Pacífico indicaría que son especies distintas que habitan diferentes ambientes con necesidades alimentarias en las que se deben de basar los programas de conservación, aseguró la revista científica.

Los investigadores detectaron que las ballenas buceaban a profundidades cada vez mayores; la forma en que supieron que iban por tiburones durmientes fue porque pruebas genéticas en pedazos de carne que flotaban en la superficie lo demostraron.

Referencias.

Ford, J. et al. Aquatic Biol. 11, 213-224 (2011).

Morin, P. A. et al. Genome Res. 20, 908-916 (2010).


Fuente: ELUNIVERSAL.COM – NATURE.COM

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