¡Experimentos Con Tu Cuerpo!

Dedos que se relajan

Enlaza las manos como en la fotografía y esfuérzate en que tus dedos índices estén rectos y paralelos.
Ahora relájalos y observa qué sucede con ellos. Los músculos y los tendones, cuando no están activos, adoptan una disposición de mínima energía.
En el caso de la mano, los dedos tienden a disponerse ligeramente curvados.
Este experimento sirve asimismo para comprobar las cualidades de los músculos y tendones de la mano: son perfectos para realizar trabajos de precisión, pero carecen de resistencia.
¿Cuánto eres capaz de mantener los dedos índices totalmente rectos antes de que clamen por un poco de descanso?


Tenedor PARLANTE


Si le pides a una persona que sostenga un tenedor por un extremo y lo haga vibrar ligeramente, no oirás nada. Pero, ¿y si lo sostienes entre tus dientes?
El sonido que percibe tu oído se debe a la forma en que aquél se transmite.
El sonido viaja en forma de ondas que atraviesan el medio, haciendo que las partículas vibren y transmitan esta señal de unas a otras desde el punto de origen hasta el receptor.
Y contrariamente a lo que se podría pensar, el aire no es, ni mucho menos, el medio ideal para realizar este viaje.
En realidad, el sonido se propaga mejor a través de medios sólidos y líquidos que de gaseosos, ya que las partículas que forman aquéllos están más próximas unas a otras.
En el caso del tenedor, su vibración es tan suave que no es capaz de alcanzar nuestro oído de manera perceptible a través del aire.
Pero la cosa cambia si se emplea como medio transmisor un sólido. Y el hueso lo es. Así, lo que sucede es que las ondas sonoras viajan primero a través del propio tenedor y luego a través de los dientes y el hueso de la mandíbula hasta el oído.
Ésta es también la explicación de por qué, cuando en el cine comemos palomitas, tenemos la impresión de hacer un ruido brutal, y sin embargo nadie se vuelve para ‘pedirnos silencio’.
El sonido que se produce al masticar las palomitas viaja mejor por el hueso hasta nuestros oídos que por el aire al de los vecinos.

El dedo tonto

Coloca la mano sobre la mesa como muestra la imagen e intenta mover individualmente cada uno de los dedos mientras mantienes los otros apoyados.
Si no eres un ‘bicho raro’, te habrás llevado un chasco al ‘pelearte’ con tu dedo anular.
Aunque cada dedo tiene sus propios tendones que lo conectan al músculo, en el dorso de la mano existe una conexión ‘adicional’ entre los tendones del dedo corazón y del anular que limita la movilidad de ambos dedos por separado.


Escribir sin mirar


Coge lápiz y papel y, con los ojos cerrados, escribe durante un rato. Observa el resultado. ¿Es como lo imaginabas o quizá ha quedado un poco ‘distorsionado’?
Ya se ha dicho que la propiocepción no es suficiente para los trabajos que requieren gran precisión, como es el de escribir.
Cuando escribimos normalmente, es decir, con los ojos abiertos y observando los resultados, la vista se encuentra constantemente analizando la forma, el tamaño y la posición de las letras con respecto al papel y a su compañeras, lo que permite realizar ajustes a cada momento.
Al cerrar los ojos, se pierde esta capacidad de análisis y reajuste inmediato y, por mucho que los propioceptores se cuenten por millones, los resultados no son ‘presentables’.


¿Tocas la batería?

Prueba a llevar un ritmo con el pie mientras marcas otro distinto chasqueando los dedos.
Lo normal es que no lo consigas, pues es un ejemplo de coordinación con alto grado de dificultad.
Pero se puede lograr con entrenamiento. Los baterías, por ejemplo, pueden.
El ser humano emplea dos sistemas de aprendizaje: uno para adquirir habilidades y otro para los conocimientos.
Aquí ponemos en juego el primero, que es más lento y precisa varios ensayos..


Memoria sensorial

Ser zurdo o diestro no depende únicamente de qué mano empleamos para escribir o con qué pie jugamos al fútbol.
El cuerpo muestra en muchos de sus actos y miembros preferencia por un lado, el conocido como ‘lado dominante’.
Se puede conocer observando cómo se cruzan los brazos, qué mano coge a la otra por la espalda, qué mano se muestra activa al aplaudir, etc.
Y aunque la inmensa mayoría de la población es diestra, también hay individuos que no son ni diestros ni zurdos puros, sino que manifiestan preferencias distintas en diferentes miembros.
¿Eres tú uno de ellos?

La lengua


¿Eres capaz de enrollar la lengua como nuestra modelo? Si no puedes, no te ´mates´, porque por mucho que lo intentes no lo vas a conseguir.
No se trata de una cuestión de flexibilidad muscular, sino de un aspecto genético.
La capacidad de enrollar la lengua depende de un carácter dominante que posee el 70% de la población. Y no deja de resultar sorprendente que sea una cuestión genética cuando la lengua está dotada de una extraordinaria movilidad.
Un aspecto importante para comer, y fundamental para hablar. Aunque eso no evita que el 30% de la población ‘recesiva’ tenga que soportar las burlas de los ‘dominantes’ por su inutilidad.

Las manos


Cierra los ojos. No necesitas mirarte para conocer la posición de tu cabeza, cuello o extremidades.
Para ello, el cuerpo humano ya dispone de millones de sensores microscópicos en los músculos y en las articulaciones, llamados ‘propioceptores’, que suministran al cerebro información suficiente en cada momento para hacerse una composición de lugar y disponer de un mapa ‘interno’ del cuerpo.
No obstante, hay veces en las que esta propiocepción no es suficiente; sobre todo, cuando se trata de realizar actividades que requieran una gran precisión. Y en eso, las manos son nuestras auténticas especialistas. Por eso, para tener una buena referencia de su posición exacta, los ojos miran regularmente las manos.
Ahora cruza las manos como se expone en las fotografías e intenta mover un dedo. ¿Lo has conseguido o ha sido otro el que ha ‘saltado’?
Tus manos están en una posición ‘extraña’, y al cerebro no le casan las informaciones que recibe de la vista y de los propioceptores, lo que provoca un ‘cortocircuito’. El resultado: al intentar mover un dedo el que salta es otro.. 

El calcetín


¿Llevas puestos calcetines? Pues no los mires y trata de tocar el borde de uno de ellos con la punta de los dedos ¿Has acertado o simplemente te has aproximado?
El fenómeno que explica tu falta de puntería se conoce como ‘habituación’, o capacidad de los senti
dos para adaptarse a la presencia de un estímulo continuo y constante, y no prestarle atención.

La habituación también afecta al gusto y al olfato. Los receptores de la nariz se acostumbran rápidamente a un olor y dejan de apreciarlo apenas un minuto después, lo que supone un peligro si se produce un escape de gas. 

La piel


Frota un área de la palma de la mano con alcohol y a continuación deposita en esa región unas gotitas de agua —puedes emplear una pajita para hacerlo—. ¿Observas lo que les pasa a las gotas?
En lugar de mantener su forma habitual se han extendido plácidamente por la piel y comienzan a penetrar en ella. Si no lo ves claro, puedes depositar unas cuantas gotas en la otra mano y observar la diferencia.
Las glándulas sebáceas presentes en la piel producen una sustancia oleosa que le confiere una capa impermeable. Al frotar con alcohol la has eliminado. Esta capa sebácea no sólo actúa como repelente del agua.
Su función protectora va más allá al actuar como barrera frente a los gérmenes, gracias a que en su composición incluye sustancias germicidas, que son los agentes desinfectantes del exterior del cuerpo.
Y es que, aunque no los veamos, la cantidad de organismos vivos que pululan por la piel de una persona es similar al número de habitantes del planeta. Entre ellos destacan las bacterias, responsables de descomponer el sudor y dotarlo de su olor característico.
Sin su participación, el sudor prácticamente no olería a nada.


La vista


Aunque el cerebro emplea la información visual que recibe de ambos ojos, uno de ellos aporta más datos de la imagen final que se percibe. Es el ojo dominante.
Para averiguar cuál es basta con extender un brazo y señalar un objeto distante.
Sin mover el brazo, cierra el ojo derecho y observa el objeto.
Si éste no se desvía, el ojo izquierdo es el dominante; si se desplaza, es el derecho.

Estimar distancias


Con los brazos extendidos hacia adelante, cierra un ojo e intenta juntar la punta de los dedos. (Es difícil.)
Con un ojo cerrado, algo tan sencillo como estimar las distancias se convierte en una odisea.
La razón es que nuestro cerebro se aprovecha de que cada uno de los ojos posee un punto de vista ligeramente distinto para conformar la visión tridimensional.
Pero al cerrar un ojo, el cerebro ya no puede ver en tres dimensiones, y eso afecta a nuestra capacidad de acertar con las distancias.


La vista y el tacto


Enrolla una hoja, colócala delante del ojo y pon la palma de la mano a su lado.
Si con los dos ojos abiertos desplazas la mano pegada al tubo lentamente, llegará un momento en que parezca agujereada.
El cerebro forma la visión combinando las imágenes captadas por cada uno de los ojos.
En la mayoría de los casos las imágenes son muy parecidas, y combinarlas no da problemas.
Pero en esta ocasión, lo que ven ambos ojos por separado difiere, y el cerebro, al procesar ambas imágenes como está acostumbrado, lo único que consigue es perforar la mano.

Resistencia de los huesos


Basta con un papel enrollado y un libro para comprobar cómo la particular estructura de los huesos les confiere una enorme resistencia y les permite soportar sin problemas el peso del resto del cuerpo.
Si pones el canutillo tumbado sobre la mesa con el libro encima, obtendrás… una hoja aplastada.
Cuando Galileo Galilei demostró que, si se construyen un tubo hueco y un tubo sólido con el mismo peso y del mismo material, el tubo hueco es más fuerte, estaba poniendo voz a un conocimiento que el hombre llevaba dentro desde siempre, en sus huesos.
Un principio que desde su formulación ha sido ampliamente empleado por los ingenieros. Y es que el cuerpo humano es una obra de ingeniería.
La fortaleza de los huesos se debe principalmente a su estructura interna, construida a partir de miles de unidades tubulares compactadas en torno al perímetro del hueso: los sistemas haversianos.
Estos sistemas se disponen en la dirección en la que el hueso soporta mayores tensiones, y le confieren su asombrosa combinación de resistencia y ligereza: gramo a gramo, el hueso es más fuerte que la madera, el hormigón o el acero.

La sangre


William Harvey demostró que la sangre circulaba en un circuito cerrado e impulsada por el corazón.
También constató que las válvulas presentes en las venas impiden el retroceso de la sangre.
Y lo hizo con un sencillo experimento que se puede recrear fácilmente: en primer lugar es necesario conseguir que se marquen las venas de una mano, para lo que se puede recurrir a apretar la parte superior del brazo, o simplemente, ejercitar un poco la mano.
Cuando lo consigas, coloca la mano sobre una superficie y bloquea una de las venas con un dedo.
Una vez que has detenido el flujo sanguíneo, coloca otro dedo junto al anterior y arrástralo sobre la vena hasta vaciarla.
Observarás que la sangre no vuelve a llenarla. Enhorabuena: las válvulas de tus venas funcionan a la perfección.. 

Gravedad de la sangre


Levanta una mano manteniendo la otra abajo durante un par de minutos y observa la evidente diferencia de color entre ambas.
La mano que ha permanecido abajo está más oscura que la otra. La razón es la gravedad.
La sangre sale del corazón a una velocidad de 33 m/s, circula por las arterias y llega a los puntos más alejados del cuerpo sin problemas.
Pero el retorno a través de las venas es otro cantar. El impulso del corazón resulta casi inapreciable, por lo que la sangre venosa circula por el cuerpo principalmente por los movimientos musculares y gracias
a la acción de la gravedad.
O contra ella cuando realiza un trayecto ascendente, como en el caso de la mano que ha permanecido abajo, donde, por tanto, se acumula mayor cantidad de sangre…

El pulso


El pulso, además de sentirse a través del tacto, también se puede ver. Literalmente.
Para lograrlo, sólo hay que localizar el punto de la muñeca donde sea más intenso y sujetar una pajita con plastilina.
Con cada latido de nuestro corazón, la pajita oscilará ligerísimamente.
La arteria radial pasa justo por debajo de la piel y sobre los huesos de la muñeca, por lo que éstos constituyen una buena base sobre la que presionar la arteria y percibir el pulso


El oído

Mantén los ojos cerrados mientras otra persona hace chasquear sus dedos, bien delante de ti, detrás o encima, con su mano situada a una distancia equidistante de ambas orejas. ¿Eres capaz de indicar de dónde procede el sonido?
Debido a nuestra forma de oír, basada en dos antenas receptoras dispuestas a ambos lados de la cabeza, al ser humano le resulta muy sencillo distinguir si un sonido determinado procede de un lado o de otro.
Pero no sucede así si el sonido se produce directamente delante, detrás o encima, ya que, en este caso, las ondas sonoras llegan a ambos oídos al mismo tiempo.
Cómo oímos
La existencia de dos oídos permite al cerebro comparar la información procedente de ambos y establecer un mapa tridimensional sobre el que ubicar la fuente de sonido.
Por ejemplo, en el caso de un sonido que se produzca a nuestra derecha, las ondas sonoras tendrán que recorrer una distancia ligeramente distinta para alcanzar los oídos, con lo que llegan un instante antes al derecho (distancia AB) que al izquierdo (AC).
Gracias a esta mínima diferencia, el cerebro conoce la localización exacta de la fuente sonora. Cuanto más tiempo pase entre la señal que llega a un oído y al otro, más a la derecha se encontrará, y al contrario.

Los ojos

Recorta la tarjeta adjunta y sitúala a 30 o 40 cm de los ojos. Cierra el ojo derecho y fija el izquierdo en la cruz —a pesar de eso, sigues viendo el círculo—.
Si ahora acercas lentamente la tarjeta, llegará un momento en que el círculo desaparezca: al coincidir con el punto ciego del ojo, es decir, la zona de la retina que no posee fotorreceptores por ser el punto de conexión del globo ocular con el nervio óptico.
Así, en lugar del círculo lo que se aprecia es un fondo continuo, ya que el cerebro suple la falta de información de esa ‘zona oscura’ con elementos sacados del entorno, y completa la imagen. 

La sensibilidad



En la piel hay millones de diminutos sensores de varios tipos, que responden ante estímulos como la temperatura, la presión y el dolor, y que son los responsables del tacto.
Pero estos receptores no están distribuidos homogéneamente a lo largo de todo el cuerpo, sino que existen zonas más sensibles que otras.
Lo puedes comprobar mediante este sencillo experimento: coloca dos dedos ligeramente separados sobre la piel de otra persona y pregúntale cuántos dedos siente.
Dependiendo de dónde la hayas tocado y de la separación de los dedos, puede que note un solo contacto.
Separa los dedos poco a poco, hasta que note los dos. La separación entre ambos será la medida en centímetros de su sensibilidad táctil en esa región del cuerpo. 

La nariz

Cruza los dedos índice y corazón, y acaríciate la punta de la nariz con ambos como se muestra en la fotografía. ¿No te da la sensación de tener dos narices?
Tu cerebro ha caído en la trampa que le ha tendido el tacto, ya que no está acostumbrado a que los dedos ‘sientan’ en esta disposición.
En condiciones normales —con los dedos sin cruzar—, si el lado externo del dedo corazón —el más alejado del dedo índice— toca la nariz, el dedo índice no entra en contacto con ella, y viceversa.
Es un estímulo tan habitual que el cerebro ya lo ha asumido. Pero al cruzar los dedos, ambos entran simultáneamente en contacto con la nariz, algo que al cerebro le cuesta encajar en sus esquemas, por lo que cae en la tentación de pensar en dos narices.

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